Año 25, n.º 51: 125-141,
enero-junio 2026
La fuga cartaginesa
de Roberto Murillo: una revaloración del mito de Cartago
Paulo Gómez *
https://orcid.org/0000-0002-7207-4135
* Bachiller en Filosofía,
de la Universidad de Costa Rica (UCR). Bachiller en Derecho, de la UCR. Actualmente
forma parte del Programa de Posgrado en Filosofía en la misma institución. Sus
intereses se concentran en el tratamiento filosófico del ser viviente y en la
posibilidad de nuevas filosofías de la naturaleza. Es profesor de Estudios
Generales en la UCR. Correo: paulo.gomez@ucr.ac.cr
Resumen
Recientemente se ha
entendido el mito de Cartago como una añoranza conservadora y humanista de
Roberto Murillo, situándolo en su estricto contexto histórico. Este ensayo, si
bien no contradice esta interpretación en lo medular, considera que pasa por
alto los límites internos de lo que implica un mito para Murillo. Se propone
así una interpretación más adecuada de lo mítico en el pensamiento del autor,
basándose en la forma en la que concebía la imaginación y lo originario, para
luego determinar su funcionamiento en lo que respecta al idilio cartaginés.
Partiendo de una lectura genealógica de los artículos periodísticos sobre
Cartago y su articulación con sus principales tesis filosóficas y escritos de
juventud, se concluye que el mito de Cartago está en condiciones de ser
comprendido como una fuga o huida particular a través de la imaginación, lo
cual revierte el peso que cualquier interpretación historicista pueda claudicar
acerca de su naturaleza.
Palabras clave: filosofía
de la cultura, imaginación creativa, metafísica, mitología.
Recibido: 09 noviembre de 2025
Aceptado: 15 de abril de 2026
Roberto Murillo’s flight from Cartago: a reappraisal
of the myth of Cartago
Abstract: The myth of Cartago has recently been read
as an expression of Roberto Murillo’s conservative and humanist longing and has
been situated within its specific historical context. While this essay does not
challenge the substance of that interpretation, it argues that such a reading
overlooks the conceptual limits of myth in Murillo’s thought. It therefore
proposes a more precise interpretation of the role of myth in his work, based
on his understanding of imagination and the idea of origin, before examining
how these notions operate in relation to the idyllic image of Cartago. Drawing
on a genealogical reading of Murillo’s newspaper articles on Cartago and their
connection to his main philosophical theses and early writings, the essay
concludes that the myth of Cartago can be understood as a particular form of
imaginative flight. This reading shifts the explanatory weight that any
historicist interpretation might place on its nature.
Keywords: creative imagination, metaphysics,
mythology, philosophy of culture.
La fuite carthaginoise de Roberto Murillo : une revalorisation du mythe de
Cartago
Résumé : Le mythe de Cartago a récemment été interprété
comme l'expression d'une nostalgie conservatrice et humaniste chez Roberto
Murillo, et il a été resitué dans son contexte historique strict. Le présent
essai, tout en ne remettant pas en cause cette interprétation dans ses aspects
fondamentaux, considère qu’elle néglige les limites internes de ce qu’implique
un mythe dans la pensée de Murillo. Il propose ainsi une interprétation plus
adéquate du caractère mythique dans l’œuvre de l’auteur, en s’appuyant sur la manière
dont celui-ci concevait l’imagination et l’originaire, afin de déterminer
ensuite leur fonctionnement dans ce qui concerne l’idylle cartaginoise.
À partir d'une lecture généalogique de ses articles de presse consacrés à
Cartago articulée à ses principales thèses philosophiques et à ses écrits de
jeunesse, il est conclu que le mythe de Cartago peut être compris comme une
forme singulière de fuite ou d'évasion par l'imagination. Cette perspective
permet de renverser le poids qu'une interprétation strictement historiciste
pourrait faire peser sur sa nature profonde.
Mots-clés : imagination créatrice, métaphysique, mythologie, philosophie de
la culture.
El mito de Dionisos y
Apolo, tal como lo concibe Nietzsche en El nacimiento de la tragedia,
manifiesta la tragedia de la forma (geométrica o política) y de la fuerza
oscura de la vida.
—Roberto Murillo
En las obras de la
imaginación poética, los valores tienen tal signo de novedad que todo lo que se
refiere al pasado es, en lo que a ellos respecta, inerte. Toda memoria tiene
que reimaginarse.
—Gaston Bachelard
Roberto Murillo no
nació en Cartago, pero como alguna vez afirmó[1], es
cartaginés por adopción. Esta condición refleja de forma paradigmática lo que este
lugar implicó para Murillo: un espacio para la fuga. Recientemente se ha
vinculado el mito de Cartago con una añoranza conservadora y humanista a la que
se habría suscrito el autor, situando el mito en su estricto contexto histórico[2]. Bajo
esa óptica se podría decir que el mito permitía a Murillo huir de una realidad
sofocante ante la cual el pasado era mejor, un pasado cargado de hidalguía y de
una nobleza que se alcanza por lo tenaz de una vida laboriosa o un lugar en
donde el paganismo florece todo el año. Pero afirmar tal cosa ocultaría lo
esencial del paisaje cartaginés. Esta es la queja que eleva este ensayo. Una
lectura más fina de las referencias a Cartago encuentra que la fuga de Murillo
se hace con vistas a un espacio originario, más allá de las imágenes y los
valores, o allí donde estos solo le sirven como apuntalamientos. Dicho en
corto: Cartago despierta en el filósofo la imaginación creadora y lo coloca en
una posición en la que debe afirmar la vida, no sus formas históricas.
Cualquier interpretación que encierre el mito de Cartago a una nostalgia por el
pasado pierde por completo de vista lo esencial: que cada vez que Murillo se
refiere a él afirma la diferencia en un sentido nietzscheano. No prestar
atención a este elemento supone, además, ignorar que esta actitud de Murillo
constituye incluso la médula de su vocación filosófica.
Esta revaloración de
su estima por Cartago y su vocación filosófica solo es posible a través de un
modo de proceder genealógico que permita identificar los diagramas de fuerzas
que posibilitan la enunciación de proposiciones filosóficas en cada momento[3].
Solo mediante este método puede observase la verdadera función afirmativa de lo
mítico en el pensamiento del autor y su asociación con la imaginación y lo
originario. El recorrido a seguir es el siguiente: a) el mito como imaginación
filosófica; b) lo originario que está a la base de esta imaginación; c) las
evocaciones del autor a Cartago, con énfasis en la estancia mítica que circunda
la provincia; y, d) la función del paganismo en esta elaboración del mito. El
primer punto garantiza un inicio cierto para indagar el mito, el segundo su
relación intrínseca con el vitalismo nietzscheano, mientras que los otros dos
se refieren a la necesidad de extirpar ideas inadecuadas con respecto a la
función de la nostalgia en el mito de Cartago. Al final del recorrido queda
claro que el mito constituye una huida en sentido creador.
Mito como imaginación filosófica
En el siglo XX el
mito es definido mayoritariamente por su significatividad. A diferencia del
XIX, ya no se estudia como una ilusión, mera fantasía o historia falsa, sino
como un dispositivo que da sentido a la vida humana y modula comportamientos[4].
Roberto Murillo no es la excepción en este programa: está a la altura de los debates
antropológicos y etnográficos de la época[5],
aunque al mismo tiempo incluye en su definición elementos típicos de su
filosofía, elementos que debe en parte a su maestro alsaciano.
En 1953 Georges
Gusdorf publica Mito y metafísica. En dicho libro se encuentra una
polémica frase: «La conciencia filosófica ha nacido de la conciencia mítica»[6].
El efecto de esta filiación es que la filosofía no cesa nunca de apuntar a la «restauración
del orden originario»[7]. Es esta la empresa que originalmente perteneció
al mito y que se presenta como una «secreta persistencia»[8] la
que anima el filosofar.
Siguiendo la episteme
de su época, el mito para Gusdorf no tiene que ver tanto con una «leyenda, ni
un relato de acontecimientos fabulosos, que oculta en sí una doctrina más o
menos rudimentaria»[9],
todas estas cosas no son más que representaciones. Para Gusdorf,
en cambio, y aquí lo interesante, el mito es la expresión de un fondo
estrictamente pulsional e impersonal antes de pertenecer al registro de la
representación[10].
No se trata de las historias que narran o explican un pasado remoto que afecta
el presente, sino de cómo la conciencia mítica le permite a una criatura
orgánica, cuya vida supone un intercambio constante con su entorno (milieu), actuar «en función de la totalidad, de lo
infinito»[11],
totalidad que por definición no conoce tiempos, sino que es propiamente
originaria.
Es sobre esta misma
orientación que Murillo desarrolla su idea de mito. En Tres temas de
filosofía analiza los alcances del platonismo y tematiza lo mitológico de
la siguiente manera:
Al
considerar los mitos, debemos olvidar la idea que comúnmente se tiene, de que
los mitos son falsedades caprichosas o conocimientos oscuros susceptibles de
ser reemplazados por el conocimiento racional y científico […] El mito
platónico se acerca a la universalidad de algunos oriundos de la imaginación
anónima.[12]
El mito se define
entonces por una «imaginación anónima». Es claro que se trata del fondo
pulsional, por definición inconsciente, que mueve la acción de las criaturas
con conciencia mítica según Gusdorf. El asunto es tal que Murillo, con el fin
de explicar lo que quiere decir con esa modalidad de imaginación, acude
inmediatamente a Schelling:
Dejemos
que Schelling, gran filósofo del romanticismo alemán (siglo XIX), defina el
mito: «las representaciones mitológicas no han sido ni inventadas, ni aceptadas
libremente. Productos de un proceso independiente de la voluntad, han tenido,
para la conciencia que las sostenía, una realidad incontestable e irrefutable.
Pueblos e individuos no son más que instrumentos de ese proceso que supera sus
horizontes y al cual sirven sin comprender».[13]
Aunque Murillo no
haga citación alguna a Gusdorf, esta misma referencia
a Schelling aparece tal cual, palabra por palabra, en Mito y metafísica
para describir cómo este movimiento de la imaginación anónima es «anterior» a
cualquier determinación temporal o cualquier dualidad entre lo sagrado y lo
profano, positivo o fantástico, lo real y lo deseable[14].
En suma, cómo el mito, al estar basado en un fondo pulsional, está conectado a
un punto originario en el que las formas (temporales, espaciales o simbólicas)
se disuelven. No obstante, esta referencia aparece en Tres temas de
filosofía en función de una elaboración platónica. Murillo apela a
Schelling solamente para afirmar que la filosofía, a partir de Platón, se ha
apropiado de ese fondo originario que está más allá de las formas fenoménicas.
Es gracias a Platón que existe un mito filosófico que «se acerca» a esa
imaginación anónima, pulsional y completamente impersonal[15].
En Murillo aparece así una distinción a propósito del mito. Por un lado, existe
un mito que procede de una imaginación ingenua y cuyo ejemplo son los pueblos
descritos por Schelling y, por otro, el mito que procede de una imaginación
estrictamente filosófica que se adueña de esa misma potencia originaria como si
tratara de una especie de usurpación prometeica.
La filosofía apunta a
lo originario porque en su ejecución palpita la conciencia mítica, un fondo
pulsional que impone su voluntad para hacer hospedable el medio (milieu). En definitiva: quien filosofa puede
efectuar mitos sin que por ello implique una superstición –prejuicio moderno– o
atente contra la razón. Si se sirve adecuadamente del mito, este le permite
aproximarse a objetos que de otra manera serían inefables, pero esto no
significa ningún principio de irracionalidad.
Aunque con esto se evidencia la deuda de Murillo con Gusdorf, su
propuesta no es menos original por ello. Los alcances que da Murillo a lo
originario, la imaginación y su aplicación al mito de Cartago acusan la
singularidad de su aproximación.
Lo originario: afirmación de la diferencia
La recomposición de
Murillo respecto de la hipótesis de Gusdorf se acusa
como un cierto tono nietzscheano. Para Murillo, el llamado a hacer filosofía no
está ni en uno mismo ni en las cosas, se trata más bien de una urgencia de la
naturaleza o de la vida que exige dar una siempre nueva interpretación de lo
que se presenta[16].
Es una novedad radical como diría Bergson, o una transvaloración, como diría
Nietzsche. Quienes solo repiten como mantras los recorridos de la historia de
la filosofía ni siquiera son filósofos, son sus escribas[17].
Como Gusdorf, el filosofar conserva una aspiración a
lo originario mítico que es completamente vital, pero el énfasis de Murillo
rinde homenaje a la crueldad del artista nietzscheano.
Desde 1967 Murillo
delimita por primera vez las bases para abordar este elemento creador:
Los
valores no son más que medios de promoción de la vida, sin embargo, no por ello
deben devaluarse a favor de la vida: la vida (ni en su mantenimiento ni en su
incremento) no puede ser un valor, sino aquello que produce los valores para
crecer a través de ellos.[18]
La forma no se opone
a la fuerza; no están contrapuestas ni hay relación dialéctica entre ambas.
Como bien lo dice el autor, «la vida no puede ser un valor» y, si no puede serlo,
tampoco puede oponerse a ningún otro valor. La cuestión se resuelve con una
interpretación de lo trágico que se anunciaba en sus cuadernos de juventud: «El
mito de Dionisos y Apolo, tal como lo concibe Nietzsche en El nacimiento de
la tragedia, manifiesta la tragedia de la forma (geométrica o política) y
de la fuerza oscura de la vida»[19].
Apolo, la forma,
representa el principium individuationis, mientras que Dionisos representa más
bien el fondo oscuro que Murillo –en La forma y la diferencia– llama «embriaguez
de la unidad originaria»[20].
Los términos no están contrapuestos; por el contrario, como afirmaba el
filósofo costarricense, las formas se someten a una verdadera tragedia. Estas
buscan consolidarse como aquel navegante en la barca, sereno en medio de un mar
de fuerzas embravecido que lo arrastra buscando su irremediable naufragio en lo
indeterminado[21].
La forma, e insiste
en esto Murillo, es siempre «voluntad de forma de la realidad originaria»[22].
La tragedia permite unir la fuerza y la forma no como solución dialéctica, sino
como tensión irrevocable: círculo. Dionisos y Apolo son dos caras de la
misma moneda[23]:
«Al fondo dionisíaco y contradictorio de la vida pertenece la voluntad de
apariencia [forma] como catarsis: es otra manera de decir que la realidad
enigmática gusta de ocultarse en la forma sensible o metafórica sin desaparecer
en ella»[24].
A partir de esta
lectura nietzscheana, lo originario aparece no como un valor inveterado, sino
como una diferencia en el origen. Dicho de otra manera, si Apolo es el
representante de una apariencia de unidad, de orden, de individuación, la así
llamada «unidad originaria» que Murillo asocia con Dionisos tiene que referirse,
más bien, a una multiplicidad primaria e irreprimible en la forma. Una fuerza
no se da sin otra fuerza y alguna debe imponerse: el origen se refiere a la
potencia que contiene el diferencial de fuerzas.
Esta confrontación de
fuerzas parece constituir ese fondo pulsional y oscuro que cada forma contiene
en su interior. Ese fondo es lo que Murillo pretende aprehender cada vez que se
refiere a lo originario. Se comprende mejor que si la filosofía, a partir de su
apropiación de la potencia mítica, acusa el origen, no lo hace como los pueblos
que describía Schelling; más bien, afirma esta diferencia originaria entre
fuerzas para interpretar el mundo, su mundo. Mito y filosofía siguen
compartiendo la misma función de significatividad. El filósofo está
literalmente llamado a plasmar una voluntad de forma, pues guarda en ella la
realidad originaria que lo impulsa y lo compele a dar un valor nuevo.
El mito de Cartago y la falsa nostalgia
Antes de abordar la
significación del mito de Cartago, conviene detenerse, por razones
metodológicas, en una reciente interpretación que Jethro Masís ha hecho de él,
pues su perspectiva puede consolidar muy fácilmente un «buen sentido» que deja
a tientas lo esencial[25].
Masís es autor del único trabajo que ha tematizado hasta ahora el mito de
Cartago. Murillo aparece en él como un personaje atravesado por una nostalgia
inclemente. De hecho, según su interpretación, siempre está agobiado por una
especie de nostalgia contagiosa. Masís parece incluso admirar la capacidad excepcional
con la que Murillo plasma esta pasión en el papel[26].
Esta apreciación no está necesariamente equivocada. En sus escritos de juventud
el mismo Murillo se pregunta por qué su propio destino es la nostalgia[27].
Sin embargo, como resulta ya apreciable, aplicar este tono al mito de Cartago
distorsiona su naturaleza y sobre todo su evocación al fondo originario, pues
el mito es filosófico.
Por extraño que
parezca, aunque Masís dedica su artículo al mito de Cartago, en ningún momento
se detiene a reflexionar sobre la naturaleza de lo mítico. Es por esta razón
que concentra el sentido del mito en el de «superstición» cartaginesa, como si
mito y superstición fueran equivalentes en todo momento. En este proceder Masís
reactiva la lectura decimonónica de los estudios sobre religión en los que el
mito es una mera creencia contraria a la razón. Esta posición ya superada por
sociólogos, antropólogos y filósofos tan reconocidos como Lucien Lévy-Bruhl, con
quien Gusdorf dialoga intensamente a propósito del
mito, Claude Lévi-Strauss[28],
Ernst Cassirer[29]
o incluso Mircea Eliade, a quien el mismo Murillo reconoce que es «el mejor
historiador de las religiones de nuestro tiempo»[30].
Las consecuencias no son nimias y se juegan en un plano estrictamente
filosófico.
Al no tematizar la
naturaleza de lo mítico, se vuelve evidente la atribución a la nostalgia de
cualidades que le son impropias por definición. Así, como si la nostalgia
tuviera algún tipo de potencia creadora, Masís concede a Murillo el talento de «hacer
desfilar ante los ojos de la imaginación una vida, unos personajes y unos
lugares para siempre desaparecidos»[31].
No hace falta agregar mucho. La imaginación es presentada por Masís como si
estuviera pasivamente presenciando el «desfile» de imágenes en una caverna.
Imágenes que, dicho sea de paso, son movidas por la nostalgia, pues el autor
continúa: «Murillo contagia su nostalgia y su sentimiento triste de la pérdida
del tiempo irrecuperable»[32].
¿Es que un sentimiento triste, una voluntad de forma reactiva, puede en verdad
despertar la reflexión filosófica? Existe aquí un problema de orden: al no
tematizar lo originario, no se concibe que la imaginación es una potencia del
pensamiento inherentemente creadora, lo que temina
por otorgar demasiada importancia a lo que no la tiene: la nostalgia. Dicho de
otra manera: la nostalgia no puede ser fuente de novedad por el simple hecho de
que pertenece a la esfera de los valores y no los produce. No obstante, Masís
pasa por alto este hecho al no contemplar lo que para Murillo es su piedra
angular, que lo originario es el punto de partida del pensamiento y el
pensamiento es auténtica novedad. Así, a pesar de que el autor reconoce una
cierta transvaloración nietzscheana o allochronía,
su conclusión es contundente: «la superstición por la ciudad de Cartago, a
pesar de la inteligente y apasionada defensa montada por el filósofo
costarricense, no se arranca de las acepciones nefandas que usualmente se
asocian con cierta actitud romántica respecto de la tradición»[33].
Masís, al colocar tanto peso en la nostalgia relega el mito de Cartago al
restrictivo plano de las formas, tanto es así que califica de «nefando» su
vocación. Si algo se presume como nefando es solo porque hay otro valor con
respecto al cual se asume tal condena y no se sale en ningún momento de la
esfera de los valores. Esa es precisamente la cuestión. En el mito de Cartago hay
algo de mucha mayor importancia que el juego de valores o de las formas
históricas. Más bien, se trata de la instrumentalización prometeica de la vida
que crea los valores. De hecho, por este motivo Murillo considera los
calificativos de «conservador» o de «anticuado» como inexactos y sobre todo
aburridos, ya que funcionan en el puro plano de formas y no de la vida[34].
Si la lectura de
Masís es incapaz de aprehender el mito filosófico como «voluntad de forma de la
realidad originaria» esto es porque asocia, como si fueran dos compañeros
luchando una misma batalla nostálgica, a Mario Sancho y a Roberto Murillo.
Volcar la falsa primacía de la nostalgia y hacer patente el pulsional ímpetu
filosófico que le es suyo al mito de Cartago, supone detenernos ahora en esta
relación. Originalmente atribuido a Mario Sancho, audaz integrante del santoral
pagano que se regocija en el espíritu cartaginés, el mito aparece por primera
vez en una nota de periódico de 1968:
Para
Mario Sancho, el mito de Cartago fue el de su pertenencia a un paisaje limitado
y concreto, originario, que a la vez le abría y le cerraba el camino hacia el
mundo. A través de una vida cada vez más rica en experiencias y en
pensamientos, este librepensador enemigo del espíritu de campanario necesitaba
reiteradamente «la vuelta al viejo solar». Una especie de Cartago eterno, quizá
en el sentido de la «España eterna» de Unamuno, le exigía enfrentarse con valor
e ironía al Cartago cotidiano y provincial. El mismo Mario Sancho que fustigaba
la falta de sentido estético del Cartago después de 1910, el recelo y la
desconfianza de los cartagos ante todo lo nuevo, su
religiosidad equívoca, su desprecio por la cultura, ese mismo Mario Sancho
evocaba la hidalguía de las viejas familias, la ciudad colonial destruida, y el
colegio San Luis Gonzaga de la época del doctor Ferraz.[35]
Aunque es verdad que
Mario Sancho en sus Memorias no parece superar la hidalguía del antiguo
Cartago pre-1910 y añora constantemente la ciudad perdida para siempre; el mito
de Cartago no puede ser reducido a lo que dice Mario Sancho, como algunas
interpretaciones parecen hacer. La forma en la que Murillo retrata a Sancho no
es la de un «tiempo irrecuperable»[36],
sino la de un tiempo originario, cuestiones abismalmente diferentes. Lo que el
fragmento permite vislumbrar es que el mito de Cartago no se define según
representaciones, valores o formas históricas. Es verdad, se podría invocar lo
que para Sancho significaba aquella arquitectura y diseño urbanístico colonial
cargada de señorío[37] o
el ser labriego que formaba el carácter noble del cartaginés, pero la
invocación de Murillo está claramente orientada al pathos de la
distancia que instaura Sancho cada vez que apela al viejo Cartago, no a las
imágenes como tal. Siempre se trata de cómo Sancho se opone al Cartago
provincial, de cómo rechaza la estrechez de pensamiento que ostenta su ciudadanía.
Lo que se destaca es Sancho afirmando una diferencia. Antes de asimilar la
cuestión a la nostalgia de tiempos mejores, tiempos «irrecuperables» de nobleza
colonial, de un ideal cartaginés y nacional perdido, el mito de Cartago está
hablando en un tiempo originario que es el que permite una disposición
existencial abierta a la creación[38].
El tiempo originario,
que Murillo retoma a partir del estudio de Mircea Eliade sobre el mito del
eterno retorno, es definido como la condición en la que se participa del acto
creador del universo[39]. Aquí
no hay lugar para la nostalgia, del mismo modo tampoco lo hay para los valores
en el fondo oscuro de la vida. Creación, nada más. Adquiere sentido entonces lo
planteado sobre el mito. Lo originario no es una regresión al pasado, sino más
bien un fondo pulsional desde el que algo se produce siempre nuevamente: eterno
retorno. La filosofía, desde Platón, parece haberse apropiado del origen mítico
y puede, mediante una auténtica voluntad de forma activa, afirmar la
diferencia. El mito de Cartago es un mito por cuanto evoca el origen para
afirmar una diferencia vital.
En una nota de 1988,
ya en la madurez de su pensamiento, Murillo vuelve a hacer alusión a Cartago.
La califica de ser una provincia conservadora y cuya vida ha girado durante
siglos en torno a templos y campanarios, pero inmediatamente se precipita a
decir que lo más destacable de la ciudad es una «reciedumbre de carácter» que
ostentan ciertos de sus habitantes:
En
pocos lugares se destacan como allí vigorosas individualidades de pensamiento
independiente, capaces, como Mario Sancho, de una lucha quijotesca y amante
contra el propio terruño. En Cartago, el que se asienta en el valle del Guarco
o el que vive en la diáspora, se dan todavía ejemplos de esa reciedumbre de
carácter.[40]
De nuevo se aprecia
cómo lo destacable de Mario Sancho no es la nostalgia, sino su carácter
profundamente aristocrático, aquel que sin duda le permitía no sólo arremeter,
como es el caso de «Costa Rica, Suiza centroamericana», contra la propia
población cartaginesa, sino contra toda prole, estrato social, profesión o
ideología política. El mito de Cartago está relacionado así con una especie de «seriedad»
cartaginesa –aunque no por ello cargada de fisga– que promueve la «obra
creadora» en quien tiene el valor para asumirla[41].
Mario Sancho, pero también aquel efervescente Jorge Volio, o incluso José
Antonio Liendo y Goicoechea, aquel franciscano requerido varias veces por
poseer libros prohibidos. Todos son para Murillo artífices del mito de Cartago.
Se advierte cuán lejos queda la nostalgia cuando se tematiza la vida en lugar
de los valores. El mito para Murillo tiene un fondo pulsional, instintivo y
converge con la vocación filosófica como insistencia de imponer una nueva
interpretación. Quienes poseen ese carácter cartaginés son susceptibles a una
imaginación originaria que palpita una conciencia mítica, por definición
anterior a toda forma, que no cesa de alcanzar lo originario.
Huir al campo: paganismo sin nostalgia
En la lectura de Masís
el paganismo y la nostalgia parecen conciliarse de forma inusual[42].
Pero, un recorrido más atento revela que conviene realizar una distinción
anterior. En 1974 Murillo pronuncia su conferencia «El sentido del paisaje
cartaginés». Allí indica que la ciudad de Cartago siempre le pareció una «prenda
de nostalgia», perspectiva que fue conformando al oír y leer lo que había sido
antes del terremoto de 1910[43].
Califica la ciudad de Cartago como poseyendo una «religiosidad erótica, una
presencia rara, casi cotidiana, de un sentido de la trascendencia empapado de
muerte y lágrimas»[44]. Pero
inmediatamente distingue esta escena de otro Cartago, uno que se desprende más
del paisaje pagano (naturalista) de la provincia y que el autor confiesa
haberle dicho mucho más que aquella ciudad envuelta en lágrimas de melancolía[45].
Esta distinción hay que leerla detenidamente. La ciudad de Cartago infectada de
nostalgia le viene dada de sus lecturas y de sus oídas (incluidas en ellas las
crónicas de Mario Sancho). Pero el Cartago pagano, el paisaje propiamente
cartaginés, le viene dado directamente de su experiencia vivida, que, como se
ha señalado, convoca un modo particular de la imaginación creadora. Más aún, la
nostalgia del Cartago anterior al terremoto está sobredeterminada
simbólicamente, pero, el otro Cartago, el que está más vinculado al paganismo
se presenta –y aquí empleamos las palabras del autor– como una «vivencia
profunda, casi mítica» en donde la «transcripción en conceptos y palabras» es
de lo más complicada[46].
Es verdad que Murillo
atribuye una imaginación creadora a Mario Sancho cuando describe de forma
melancólica el Cartago de su infancia. Sin embargo, de nuevo, hay que discernir
que lo importante no está en ningún plano representacional, valorativo o histórico,
cuya detención dejaría al análisis tan solo ante la presencia de aquel Cartago
herido; sino en esos lugares en los que las palabras y los conceptos hacen el
intento por retirarse y a los que Sancho también prestaba atención. Esta
sensación sublime está vinculada con mayor certeza al paganismo que Murillo,
siguiendo a Constantino Láscaris, atribuyen tanto al paisaje cartaginés como a
la ciudad de Cartago propiamente dicha.
Ya fuera la ciudad
que le viene de oídas o la ciudad real, Murillo no dejó nunca de reconocer el
componente irremediablemente aldeano y conservador de esta[47]: «soñé
una ciudad de Cartago que en realidad no existía [...] como cuando don Quijote
descubrió que la venta era venta, y no castillo»[48].
La respuesta que opone a esta imaginación alterada de fantasía es, de nuevo, el
paganismo que según sus anécdotas empezó a profesar más bien en el valle de
Cartago[49].
Una ciudad cargada de lágrimas o de banalidad es estéril por definición y no
corresponde en absoluto con el sentido etimológico del pagus,
con la adoración de la naturaleza.
La capacidad mítica
está más relacionada al paisaje que a la ciudad. De hecho, las descripciones de
Cartago más sublimes suelen estar ubicadas en lugares no tan metropolitanos:
los bosques de Ochomogo, Taras, el verde de Coris, los ríos de Tapantí, el valle de El Guarco, la floración de Potrero
Cerrado y Tierra Blanca. Son estos lugares y no la ciudad de Cartago
propiamente los que Murillo llama «centros del mundo» y que compara con el «Ónfalos
de Delfos», cuya referencia al carácter originario del mito es más que evidente[50]. El
mito de Cartago está mucho más vinculado a estos sitios porque son ellos los
que hacen posible el despliegue de la vida, de la vocación filosófica. Son
ellos los que imponen la necesidad de reinterpretar el mundo del filósofo. Tal
vez haya que tomarse más en serio a Murillo cuando afirma que «los espacios
presentidos son a veces más apasionantes que los reales. Podría decirse que el
conocimiento real de un lugar no es otra cosa que una nueva versión del
conocimiento imaginativo»[51].
El Cartago presentido
por Murillo es el que, desde su vivencia más inmediata, recuerda habérsele
presentado en 1951 cuando siente «esa cosa» que llama «ser cartago»[52]:
Primera
impresión: gente reservada, a quien la comunicación la desgasta, más solidaria
con familiares que con la sociedad civil, suspicaz, más que los otros
costarricenses, frente a toda forma de congregación, de espíritu eclesiástico
más que religioso. Desde luego, esto lo sentía yo sin tematizarlo todavía, sin
conceptos ni palabras, evocando más bien leyendas de terremotos, en una casita
de bahareque azotada por el viento con nubes de tierra.[53]
La pregunta de fondo
parece ser la siguiente: ¿cómo aprehender el habitar de un lugar con una
disposición al tiempo originario a través de leyendas de terremotos, a través
de palabras? Lo que la intuición filosófica –y con ello también mítica– le
presenta a Murillo es más bien la abnegada afirmación de la diferencia que
presentan esos extraños cartagineses. Esa primera aprehensión, que el mismo
autor confiesa no haberle podido dar más que palabras y leyendas provisionales,
es lo que está en el fondo del mito de Cartago: un carácter que tiende a la
afirmación originaria y que sólo por eso se revela creadora. No imágenes
infectadas de tristeza ni valores conservadores que se resisten al paso pujante
de una modernidad. El mito de Cartago, en cuanto mito filosófico, apela a una
imaginación originaria sin imagen. Esa es la verdadera significación del
paganismo.
Por todo lo anterior,
resulta conveniente entender el mito de Cartago como una huida. Para Murillo, la
huida no es la expresión de una carencia de valor ni mucho menos, sino que es
más bien «apertura a la eternidad» cargada de coraje, supone[54]:
[La]
aurora donde todo comienza y donde todo termina, en el trance de la libertad
que conturba el eterno retorno del cielo. Es una reforma a la sensibilidad
[...] una nueva forma sutil de degustar la vida. A veces es una perspectiva
inédita de la naturaleza, de sus formas, de su ángulo de mira, de la
distribución de la luz.[55]
No hay aquí ya
formas, sino más bien fuerzas que mueven la vida a provocar una reorganización
de dichas formas. No cualquiera está capacitado para encarnarlas, pero el mito
supone que una práctica pagana de usanza cartaginesa permite su precipitación.
La filosofía retoma lo originario del mito para aprehender las fuerzas que
permiten «imprimir al devenir el carácter del ser»[56],
el mito de Cartago le devuelve el favor al filósofo sugiriéndole que afirme la
vida, que afirme su diferencia, que huya.
El estatuto del mito
en Roberto Murillo no es un asunto menor. Una gran parte de la discusión parece
retomarlo –aunque no exclusivamente– de la propuesta filosófica de Georges
Gusdorf. Desde ahí emerge lo que va a determinar el rumbo del mito de Cartago:
que ningún mito puede limitarse a las representaciones, valores o formas (sean
estas históricas o de cualquier otra naturaleza). Mito y filosofía están unidos
por la evocación de un plano originario de pura creación que, en el caso de
Murillo, se identifica con una propuesta típica del vitalismo nietzscheano.
Si bien en una
primera lectura puede parecer que el mito de Cartago está cargado de una
insistente nostalgia o melancolía, se ha sostenido que estas apreciaciones se
limitan a una perspectiva aún demasiado apegada a formas y valores concretos,
ignorando la verdadera naturaleza del mito, tanto como la imaginación que le da
lugar: ese fondo pulsional que es primario a cualquier representación. El
tiempo originario no puede confundirse jamás con un tiempo irrecuperable. El
mito de Cartago, si se depura de estos fantasmas nostálgicos, muestra su
verdadera función y teorización.
De Liendo y
Goicoechea hasta los movimientos que incitaron la formación del ahora llamado «Círculo
de Cartago», el mito se manifiesta como afirmación de la diferencia, vocación
filosófica de lo excepcional y urgencia por precipitar la novedad en el
pensamiento: reciedumbre de carácter que aún hoy se percibe en quienes tienen
el coraje de huir. Alcanzado este esclarecimiento teórico del mito cartaginés
aparecen otras líneas de investigación que tal vez adquieren ahora un matiz de
urgencia. Hoy parece que es de común acuerdo la conexión entre posiciones
políticas y «movimientos» filosóficos de Costa Rica, algunas de las cuales han
sido zanjadas y luego canonizadas, entre otros, por obras tan célebres como El
imposible país de los filósofos, de Alexander Jiménez.
Sin embargo, este
ensayo ha procurado plantear la pregunta inversa: ¿qué de lo
filosófico-originario se ha asumido inadecuadamente como mera «política», es
decir, como mera organización de formas? Esta manera de preguntar está en
condiciones de reorientar el canon de la historia de la filosofía costarricense.
Es ese propósito el que se ve aquí con entusiasmo.
Formato de citación
según APA
Gómez, P. (2026). La fuga cartaginesa de Roberto Murillo: una revaloración del
mito de Cartago. Revista Espiga, 25(51), 125-141.
Formato de citación
según Chicago-Deusto
Gómez, Paulo. «La fuga cartaginesa de Roberto Murillo: una revaloración del
mito de Cartago». Revista Espiga 25, n.o
51 (enero-junio, 2026): 125-141.
Referencias
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poética del espacio. México: FCE, 2013.
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filosófica. Introducción a una filosofía de la cultura. México: FCE, 2022.
Eliade, Mircea. Myth and Reality. New York:
Harper & Row, 1963.
Foucault, Michel.
«Nietzsche, la genealogía, la historia». Sociología: Revista de la Facultad
de Sociología de Unaula, n.ᵒ 5 (octubre, 1983):
5-15. https://publicaciones.unaula.edu.co/index.php/sociologiaUNAULA/article/view/967
Gusdorf, Georges. Mito y
metafísica. Buenos Aires: Nova,
1960.
Láscaris, Constantino. Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica. San José: UACA, 1983.
Lévi-Strauss, Claude.
El pensamiento salvaje. México: FCE, 1964.
Lévi-Strauss, Claude.
Mito y significado. Madrid: Alianza, 1978.
Lévy-Bruhl, Lucien. La mentalité primitive. Paris: PUF, 1922.
Masís, Jethro.
«Roberto Murillo y la superstición por la ciudad de Cartago». Revista Espiga
21, n.ᵒ 41 (2021): 1-15.
Murillo, Roberto. Estancias
del pensamiento. San José: ECR, 1978.
Murillo, Roberto. Obra
selecta. Vol. I. Memorias y cuadernos de juventud. Editado por Ana Lucía
Fonseca y Alexander Jiménez. San José: EUCR, 2025.
Murillo, Roberto. Obra
selecta. Vol. II. Artículos periodísticos. Editado por Ana Lucía Fonseca y
Alexander Jiménez. San José: EUCR, 2025.
Murillo, Roberto. Obra
selecta. Vol. IV. Ensayos sobre filosofía. Editado por Ana Lucía Fonseca y
Alexander Jiménez. San José: EUCR, 2025.
Nietzsche, Friedrich.
El nacimiento de la tragedia. Madrid: Alianza, 1978.
Sancho, Mario. Memorias.
San José: EUNED, 2010.
[1]
Roberto Murillo (1939-1994), filósofo costarricense, fue doctor en Filosofía
por la Universidad de Estrasburgo, profesor de Teoría del Conocimiento y de
Teoría de la Técnica. Dedicó dos tesis a la obra de Henri Bergson; la
correspondiente a su doctorado consistió en un estudio sobre la noción de
causalidad en dicho pensador francés. En palabras de Constantino Láscaris
(1983), su preocupación es la autenticidad de la cultura, siguiendo en ello a
su maestro francés Georges Gusdorf (p. 318). No sería equivocado afirmar que,
en lo sucesivo, el mito de Cartago se inserta como un retoño enardecido en esta
preocupación. Además de sus ensayos filosóficos, dedicó valiosas páginas al
estudio de textos literarios y a un grueso corpus de artículos
periodísticos que el presente trabajo recoge. Recientemente se han publicado
sus Obras selectas, a cargo de Ana Lucía Fonseca y Alexander Jiménez.
[2]
Jethro Masís, «Roberto Murillo y la superstición por la ciudad de Cartago», Revista
Espiga 21, n.ᵒ 41 (2021): 1-15.
[3] El
método genealógico, recuerda Foucault (1983), consiste en trazar dos
movimientos: la procedencia [Herkunft] y la emergencia [Entstehung].
La procedencia consiste en un deshilachamiento: «mantener lo que ha ocurrido en
la dispersión que le es propia: es ubicar los accidentes, las desviaciones más
ínfimas [...] los errores, las faltas de apreciación, los malos cálculos que
han dado nacimiento a lo que existe y vale para nosotros; es descubrir que en
la raíz de lo que conocemos y de lo que somos no hay verdad ni ser, sino la
exterioridad del accidente» (p. 8). Por otro lado, la emergencia designa
siempre «un lugar de enfrentamiento», un «cierto estado de fuerzas» (p. 9) que
impide iniciar por el final. Este método es importante por cuanto la obra de
Murillo, al asumirse de buenas a primeras como expresión humanista y
conservadora, se obtura los puntos de procedencia, esto es, la dispersión que
hace imposible catalogarlo completamente en dicha categoría, y los puntos de
emergencia que revelan más bien la función que tienen sus alusiones a la
provincia de Cartago: exponer la diferencia en el origen.
[4] Véase
Mircea Eliade, Myth and Reality (New York: Harper & Row, 1963).
[5] La
narración mítica no es una leyenda ficticia, sino que expresa «ciertas
dimensiones fundamentales del ser humano». Roberto Murillo, Obra selecta.
Vol. II. Artículos periodísticos, ed. por Ana Lucía Fonseca y Alexander
Jiménez (San José: EUCR, 2025), 198
[6]
Georges Gusdorf, Mito y metafísica (Buenos Aires: Nova, 1960), 10.
[7] Ibíd.
[8] Ibíd.
[9] Ibíd., 16.
[10] Ibíd., 15.
[11] Ibíd., 26.
[12]
Murillo, Obra selecta. Vol. II, 26.
[13]
Ibíd..
[14]
Gusdorf, Mito y metafísica, 24.
[15]
Murillo, Obra selecta. Vol. II, 26.
[16]
Roberto Murillo, Obra selecta. Vol. I. Memorias y cuadernos de juventud,
ed. por Ana Lucía Fonseca y Alexander Jiménez (San José: EUCR, 2025), 99.
[17]
Ibíd.., 129.
[18]
Ibíd.., 106.
[19]
Ibíd., 135.
[20]
Roberto Murillo, Obra selecta. Vol. IV. Ensayos sobre filosofía, ed. por
Ana Lucía Fonseca y Alexander Jiménez (San José: EUCR, 2025), 210.
[21]
Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia (Madrid: Alianza,
1978), 43.
[22]
Murillo, Obra selecta. Vol. IV, 211.
[23]
Ibíd.
[24]
Ibíd.
[25]
Masís, «Roberto Murillo y…».
[26]
Ibíd., 6.
[27]
Murillo, Obra selecta. Vol. I, 104.
[28] En El
pensamiento salvaje, Lévi-Strauss eleva el carácter del mito a una
operación ordenadora del universo originaria, contraviniendo aquellas teorías
que insistían en atribuir a lo mítico el carácter de idea falsa. Esta operación
ordenadora está justificada según su «lógica de lo concreto», en la que
pretende dar relaciones internas que el pensamiento realiza entre elementos
concretos. Considérese el siguiente ejemplo: «El verdadero problema no estriba
en saber si el contacto de un poco de pájaro carpintero cura las enfermedades
de los dientes, sino la de si es posible que, desde un cierto punto de vista,
el pico del pájaro carpintero y el diente del hombre “vayan juntos” […] y por
intermedio de estos agrupamientos de cosas y de seres, introducir un comienzo
de orden en el universo». Claude Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje (México:
FCE, 1964), 24. La lógica de lo concreto indaga cuál es ese orden que junta
cosas tan heterogéneas como un diente y un pico de ave. Por otro lado, en Mito
y significado, Lévi-Strauss sugiere que si bien el nacimiento de la ciencia
moderna con Bacon, Descartes, Newton supuso romper y separar por completo la
ciencia y el mito, es incuestionable que la primera trabaja con nociones
abstractas, mientras que la segunda con nociones concretas, haciendo falta una
complementación de saberes. Lévi-Strauss, Mito y significado, 30.
[29] Al
respecto, conviene recordar que Cassirer indica de forma ejemplar que el
sustrato real del mito no es el pensamiento, sino un sentimiento cuya expresión
es una «imaginación mítica». Ernst Cassirer, Antropología
filosófica. Introducción a una filosofía de la cultura (México: FCE, 2022), 141, 156.
[30]
Murillo, Obra selecta. Vol. II, 53.
[31]
Masís, «Roberto Murillo y la superstición por la ciudad de Cartago», 6-7.
[32]
Ibíd., 7.
[33]
Ibíd., 11.
[34]
Murillo, Obra selecta. Vol. II, 315, 322.
[35]
Roberto Murillo, Estancias del pensamiento (San José: ECR, 1978), 32.
[36] De
hecho, el mismo Mario Sancho confiesa que cada vez que evoca el «viejo Cartago»
no puede menos que «poetizarlo» y representarlo «más bonito tal vez de como era».
Sancho, Memorias, 15.
[37]
Ibíd.
[38] En sus
reflexiones sobre Mario Sancho se encuentra, por ejemplo: «No es pues la
evocación de sus primeros años algo relativo al tiempo que pasa, sino al tiempo
originario, que hace las veces de eternidad». Murillo, Obra selecta. Vol. I,
164.
[39]
Murillo, Obra selecta. Vol. II, 53.
[40]
Ibíd.., 86.
[41]
Murillo, Obra selecta. Vol. II, 87.
[42]
Masís, «Roberto Murillo y…».
[43]
Murillo, Obra selecta. Vol. I, 124.
[44] Ibíd.
[45] Ibíd.
[46] Ibíd.,
122.
[47] Ibíd., 67-68.
[48] Ibíd., 21.
[49] Ibíd., 22.
[50] Ibíd., 123.
[51] Ibíd., 37.
[52] Ibíd., 51.
[53] Ibíd., 52.
[54]
Murillo, Obra selecta. Vol. II, 223.
[55]
Ibíd.
[56]
Murillo, Obra selecta. Vol. I, 162-163.